¿Es malo que tu perro suba al sofá?00:00

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Published on 27 septiembre, 2020

¿Es malo que tu perro suba al sofá?

Es bueno dejar subir al perro al sofá? - My Animals

He oído a mucha gente dar por sentado que dejar subir al perro al sofá está «mal».  Sin embargo, cuando preguntas por qué, un porcentaje elevado de esas personas no acaban de saber qué responder.

Algunas, incluso, terminan por reconocer que el suyo sí sube. Y, avergonzadas por la declaración, añaden enseguida alguna frase del tipo: «Pero no siempre, eh!».

En mi caso, reconozco abiertamente que encuentro pocas cosas más placenteras que tumbarme por la noche a ver la tele en el sofá junto a mi cruce de pastor alemán.

Sin embargo, el tema de debate no debería ser tanto el hecho de si un perro puede o no subir al sillón sino la manera en la cual una familia gestiona esa permisividad. ¿Podemos acabar generando un conflicto con nuestro animal? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué?

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Una de las pautas básicas para mantener una relación positiva con nuestros perros es ser consistentes con las reglas del juego. ¿Y cuáles son las reglas del juego? Pues eso dependerá de cada hogar. Podemos poner las que queramos, pero SIEMPRE deben ser respetadas. Para entenderlo rápidamente, vamos a ver un ejemplo muy claro:

Imaginemos una familia de tres miembros: madre, padre y un niño de ocho años. En el comedor, apoyada sobre un pie de madera, una fantástica guitarra eléctrica que el padre conserva con cariño desde que tocaba en un pequeño grupo durante sus años de universidad. Para el niño, la consigna es clara: la guitarra no se toca. Está prohibido.

Sin embargo, un día llega acompañado de un amigo de clase, y los dos insisten en tocarla un rato. Les hace gracia y quieren ver cómo funciona. El padre les dice una y otra vez que no, pero al final, sucumbiendo a la persistencia infantil, cede: «Bueeeno… ¡Pero sólo un rato! ¡Y sólo hoy!».

Una semana después, el niño vuelve a pedir jugar con la guitarra. El padre le dice que no, que está prohibido. Entonces el niño no entiende: «¿pero si la semana pasada pude, ésta por qué no?». Y piensa: «voy a insistir un poco más».

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El padre se encuentra cansado, llega de trabajar y no está de humor para tonterías. Se niega una y otra vez. Entonces, el niño responde con una gran pataleta. El padre le regaña, la madre interviene. El niño sigue llorando… Todos se ponen nerviosos y la situación termina como el rosario de la Aurora.

¿Por qué ha ocurrido todo esto? Porque lo que, en teoría, era una consigna clara (la guitarra no se toca), resultó ser una norma inconsistente. Lo cual provocó que el niño no entendiera bien por qué unas veces sí podía acceder al instrumento y otras no, se frustrara cuando se le negaba el acceso al «juguete» y respondiera con un estallido de rabia.

Pero… ¿no estábamos hablando de perros? ¡Sí! Precisamente este ejemplo nos viene al pelo para entender qué pasa por la cabeza de un animal al cual, habitualmente, se le deja subir al sofá pero, en cambio, no se le permite hacerlo cuando ha llovido y trae las patas sucias, cuando viene la vecina del quinto a tomar café, cuando estamos mirando una película y, en definitiva, cuando se nos antoja que no tiene que subir…

El problema, en este caso, es que el perro no puede entender la razón por la cual ese recurso (el sofá) es accesible algunas veces pero otras no. Como el niño con la guitarra… Ello puede provocarle frustración y, quizás, agresividad motivada por esa misma frustración.

Entonces, ¿qué hay que hacer: dejarle subir o no? En realidad, podemos decidir lo que queramos, siempre que seamos conscientes de que, si el perro sube al sofá, deberá poder hacerlo siempre (incluso cuando llegue lleno de barro del parque) y, si no queremos que suba, no deberá poder subir nunca.

Parece simple, ¿verdad? Quizás no lo es tanto cuando resulta que esa misma consistencia hay que tenerla en todas las situaciones diarias…

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Os invito a pensar cuántas veces habéis roto las «reglas del juego» con vuestro perro durante la última semana. ¿A qué recordáis unas cuantas?

La consistencia en la educación es la base para un buen equilibrio mental. Permitir a nuestros perros que su entorno sea previsible (las normas no van cambiando a cada minuto al antojo del propietario) les ayuda a reducir los niveles de estrés, aprender a tolerar la frustración y minimizar las posibilidades de conflicto.

Puede que tengas suerte y tu perro nunca haya respondido con agresividad a tu inconsistencia, pero no hay que jugársela en ningún caso. La prevención es muy importante y está al alcance de nuestra mano. Sólo hay que esforzarse un poco.

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Si tu perro muestra signos de agresividad por dominancia o por competitividad en el acceso a recursos determinados (comida, cama, juguetes, etc.), consulta tu caso con un profesional antes de decidir si debes dejarle subir al sofá o no. Con bastante seguridad, estará contraindicado. De cualquier manera, si ya tienes un problema de agresividad, hay muchas vías para encontrar una solución. Mi recomendación es que busques ayuda experta y empieces a trabajar cuanto antes.

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