Todo lo que he aprendido en el primer año desde que adoptamos a nuestro perro08:50

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Published on 30 julio, 2017

Si me hubiese parado a pensarlo bien seguramente no lo habría hecho nunca. A un perro hay que sacarlo varias veces al día, se puede hacer pis en la casa y estropear los muebles, llegar con garrapatas o pulgas y soltar pelos por todas partes. Todo son pegas, complicaciones. Yo no había tenido nunca uno ni estaba dentro de mis planes pero, hace un año Aroa, mi hija, nos pidió un hermanito o un perro. Un perro nos pareció más fácil.

Yo le tenía bastante respeto a algunas razas y me imagino que inconscientemente, apretando la mano de mi hija más de la cuenta cuando nos cruzábamos con uno en la calle, le transmití ese miedo a la niña. Con cinco años le tenía un pánico exagerado a todos los perros, pero a la vez, adoraba a los animales. No tenía sentido.

La primera vez que tuvo contacto con uno fue con un yorkshire que le regalaron a mi hermana. Era dócil, pequeño, lo podía sacar a pasear y descubrió que el ladrido de un perro no significaba que fuese a morder.

Entonces se empeñó y nosotros pensamos que tener un perro pequeño y sobre todo, tranquilo, podía venirle muy bien. Se lo conté a una compañera de trabajo, Pilar Martín, que también colabora con la protectora de animales Huellas, de Ávila. En seguida apareció un perrito con esa descripción. Se lo habían encontrado abandonado, no tenía chip, era miedoso y parecía una mezcla entre yorkshire y shih tzu, eso era todo lo que sabíamos. Nos mandaron una foto y no hizo falta más: nos enamoramos inmediatamente.

Otra persona se nos adelantó, aunque Pilar hizo todo lo posible porque nosotros nos lo pudiésemos quedar y le estamos muy agradecidos. Por suerte el nuevo dueño tenía otro perro y él y nuevo no resultaron compatibles, así que fuimos a conocerlo a Ávila para un primer contacto. Era muy tímido pero se dejaba pasear. Aroa ya estaba rendida ante Tove, el nombre noruego con el que le habían bautizado en la perrera, y en ese instante se empezó a producir la transformación radical que he visto este año en ella. Allí se le acercaron varios perros más grandes y ella como si nada.

De vuelta a Madrid yo me puse a leer todo lo que pude sobre el mundo perruno. Una semana más tarde fuimos a por él. En casa le habíamos puesto una camita, un comedero y agua y le dejamos explorar tranquilo para que se encontrase su sitio, como nos habían dicho en la protectora.

Los primeros días a mí me resultaba bastante extraño convivir con un animal. Hasta entonces lo más parecido a una mascota que yo había tenido eran pájaros y todo era nuevo. Para mi hija también, pero ella estaba emocionada. Cada vez le hacía más arrumacos, aunque todo lo hacíamos con mucha precaución. Parecía un peluche, pero no sabíamos si en cualquier momento podría soltar un bocado.

Él durmió en su cama desde la primera noche y nos lo puso todo muy fácil. El veterinario nos contó que, por los dientes, calculaba que tenía unos tres años. Nos fuimos conociendo poco a poco y descubrimos que está muy bien enseñado. No se sube a las camas ni al sofá, conocía algunas palabras y obedecía desde el principio, no protesta y solo gruñe a veces a otros perros, más por miedo que por provocación.

No le gustan la noche ni las ambulancias y es bastante asustadizo. Ni se inmuta si está al lado de los altavoces o con los cohetes, pero si en medio del silencio cae un bolígrafo, corre espantado a esconderse. Suponemos que son traumas de su vida anterior. ¡Si él hablara y nos pudiese contar algo!

Lo del pis y los pelos era otra historia con la que yo pensaba que lo iba a pasar mal, porque quiero mi casa limpia. El primer día sí orinó dentro de casa, pero porque no teníamos cogidos los horarios o por los nervios; después nunca más lo hizo. Tampoco ha roto nada, ni ha arañado ni mordido los muebles. Y por ahora, suelta poco pelo, más bien pelusa. Apenas lo noto al barrer; solo se posa, no se clava en la ropa.

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